La hermandad de la justicia
followgoku505
Cuando estudiamos historia es muy fácil acabar reduciéndola a fechas, guerras, nombres de reyes, revoluciones y una sucesión de acontecimientos que tenemos que recordar más o menos hasta que llega el examen. Pero detrás de todo eso había gente viviendo su vida, trabajando, formando familias, tomando decisiones y tratando de salir adelante sin saber, evidentemente, que doscientos años después alguien iba a resumir su época en cuatro páginas de un libro.
Los cómics históricos tienen la posibilidad de acercarnos precisamente a esa otra parte, utilizando acontecimientos reales o simplemente una determinada época como escenario para contar una historia.
El cómic histórico ha dado algunas de las obras más ambiciosas del noveno arte. Maus de Art Spiegelman, Persépolis o las crónicas de Carlos Giménez sobre la posguerra española demuestran que la viñeta puede hacer la Historia más presente y más humana que cualquier libro de texto. El género combina la responsabilidad documental con la libertad narrativa, reconstruyendo épocas con un rigor visual que requiere meses de investigación. En el mundo hispanohablante, hay siglos de historia sin contar en cómic: civilizaciones precolombinas, la conquista, las independencias, las dictaduras... un territorio inmenso esperando a sus narradores gráficos.
Una de las cosas que más posibilidades ofrece el cómic histórico es que realmente no necesita estar protagonizado por ninguna gran figura de la historia. Evidentemente puedes hacer un cómic sobre Napoleón, sobre una reina, una revolución o una guerra concreta, pero también puedes contar la historia de alguien completamente anónimo que simplemente tuvo la mala suerte, o la buena dependiendo del caso, de vivir en un momento especialmente complicado. De hecho, muchas veces ese punto de vista resulta incluso más interesante porque nos permite entender cómo afectaban los grandes acontecimientos a personas que no tenían absolutamente ninguna capacidad para decidir sobre ellos y que seguramente estaban mucho más preocupadas por conseguir comida, mantener su trabajo o cuidar de su familia que por analizar el cambio político que estaba ocurriendo a su alrededor.
Creo que ahí está una de las diferencias entre aprender historia y tratar de imaginar cómo debía ser vivirla. Podemos saber perfectamente cuándo empezó una guerra, qué países participaron, quién ganó una determinada batalla o qué consecuencias políticas tuvo todo aquello, pero es mucho más difícil hacerse una idea de cómo era despertarse cada mañana sin saber qué iba a pasar, cuánto costaban las cosas, cómo se desplazaba la gente, qué información recibían sobre lo que estaba ocurriendo o incluso qué consideraban normal en una época que ahora vemos desde una distancia enorme. Evidentemente un cómic no puede trasladarnos realmente hasta allí, pero sí puede intentar reconstruir una pequeña parte de esa experiencia, y además puede hacerlo de una manera especialmente visual, porque no solo nos cuenta cómo era una calle, una casa o una forma de vestir, sino que directamente tiene que enseñárnosla.
Y esto nos lleva a uno de los grandes entretenimientos de cualquiera que intente hacer una historia ambientada en otra época: documentarse hasta perder completamente la noción del tiempo. Empiezas buscando cómo vestía una persona porque tienes que dibujarla en una viñeta, descubres que la prenda que habías pensado todavía no existía, empiezas a mirar referencias de ropa de aquel momento y, sin saber muy bien cómo, una hora después estás leyendo sobre la fabricación de tejidos, los salarios de los trabajadores o el sistema de alumbrado de una ciudad porque ahora necesitas saber si en esa calle concreta podía haber una farola. Todo eso puede ser tremendamente útil, por supuesto, pero también es bastante fácil acabar investigando durante horas algo que probablemente el lector ni siquiera llegue a notar.
Y aquí creo que aparece otro problema bastante habitual, que es querer utilizar en la historia absolutamente todo lo que hemos aprendido mientras nos documentábamos. Después de pasar una tarde leyendo sobre cómo funcionaban determinadas profesiones en 1850 es comprensible que quieras aprovechar esa información, pero quizá el personaje que entra durante treinta segundos en una tienda no necesita explicar al protagonista durante dos páginas el funcionamiento completo del negocio. La documentación sirve para que el mundo tenga sentido y para evitar errores que saquen al lector de la historia, pero al final seguimos haciendo un cómic y no un manual de historia, así que si toda esa información termina interrumpiendo constantemente el relato probablemente haya dejado de cumplir su función.
También está el asunto de cuánto podemos inventar dentro de un contexto histórico real, y aquí no creo que exista una única respuesta porque depende completamente de la obra que queramos hacer. Podemos inventar todos los personajes y simplemente utilizar una época como escenario, podemos introducir personajes ficticios en acontecimientos que sucedieron realmente o podemos trabajar directamente con figuras históricas, aunque en este último caso seguramente tengamos que ser bastante más cuidadosos con aquello que damos por cierto. La historia además tampoco es un registro perfecto de todo lo sucedido; tenemos documentos, testimonios, fotografías en épocas más recientes y muchísimo trabajo de investigación, pero también existen contradicciones, versiones diferentes y cosas que sencillamente no conocemos, de manera que incluso cuando intentamos ser rigurosos siempre estamos tomando decisiones sobre qué mostramos, desde dónde lo hacemos y qué dejamos fuera.
Esto se vuelve todavía más evidente cuando hablamos de acontecimientos políticos, guerras o periodos que continúan generando discusiones hoy en día, porque dos autores pueden trabajar sobre el mismo momento histórico y terminar haciendo obras completamente diferentes sin que necesariamente una de ellas tenga que ser falsa. Puede cambiar el punto de vista, los personajes elegidos, el contexto que se considera importante o simplemente aquello en lo que cada autor ha decidido fijarse. Y tampoco creo que eso sea algo malo; en realidad es parte de lo interesante que tiene acercarse a la historia mediante obras diferentes y descubrir que un mismo acontecimiento puede verse desde lugares que no habíamos considerado.
Por otro lado, hablar de cómics históricos como si fueran un género completamente independiente tampoco es del todo exacto, porque una historia ambientada en el pasado puede ser al mismo tiempo un drama, una aventura, un romance, un relato policiaco o una historia política. El contexto histórico condiciona la vida de los personajes, la tecnología que tienen disponible, la forma en la que se relacionan y las posibilidades que existen dentro de ese mundo, pero después seguimos necesitando personajes interesantes y algo que contar con ellos. Puedes haber investigado durante meses hasta asegurarte de que cada edificio, cada uniforme y cada objeto que aparece en una viñeta es exactamente correcto para 1912, pero si al lector no le importa absolutamente nada lo que les ocurre a los protagonistas, probablemente el problema más importante del cómic no sea si los botones del uniforme son históricamente exactos.
En TusComics puedes leer cómics históricos online creados por autores independientes y encontrar aproximaciones muy diferentes a otras épocas, desde historias que utilizan acontecimientos reales como parte fundamental del argumento hasta obras donde el contexto histórico simplemente condiciona la vida de unos personajes que probablemente nunca aparecerían en ningún libro. Porque cuando hablamos de historia solemos fijarnos en las personas que tomaron las grandes decisiones, pero alrededor de ellas había millones de personas viviendo, trabajando, enamorándose, equivocándose y tratando de seguir adelante, y posiblemente muchas de esas pequeñas historias sean tan interesantes como las que terminaron ocupando las páginas de los libros.